domingo, enero 27, 2008

EL SUEÑO DE LUCÍA


I

Violeta


Él fue muy amable aquella noche y me dijo. “Quiero entrar allí”, esa era la habitación de Lucía, allí dormía ella esa noche. Y él quería entrar allí y así dijo, como si me pidiera permiso, pero sin pedirlo, anunciando para que quedaran claras sus intenciones, que no tenía la menor intención de reprimir.

Acabábamos de hacer el amor, todo estaba revuelto por el suelo, sus ropas y las mías; y el recuerdo de sus manos acariciando mi cuerpo estaba aún caliente sobre mi piel. Pero él dijo: “Yo quiero entrar allí”, tan resuelto y tan sencillo, como si me estuviera diciendo: “voy a tomar agua” o “voy al baño”.
No supe qué contestar, ¿qué se contesta ante eso? Pero él no me miraba, miraba aquella puerta blanca y cerrada que parecía invitarle a cruzarla; y él quería cruzarla, quería traspasar el umbral, lo deseaba; tal vez hasta lo soñaba.

Siempre le decía a Lucía todo, como si ella fuera el hada de sus sueños; pero por las noches el cuerpo que buscaba era el mío. Esa noche no. Esa noche tal vez fue la noche en que se cansó de mi cuerpo y entonces, se atrevió a desear el de Lucía. Dijo “voy a entrar”, como si fuera un reto. A veces pienso que Lucía era un reto para él; era tan delicada, tan inconquistable, casi creo que la miraba como si estuviese en las alturas del Olimpo; y que soñaba con ella, con acariciar su cuerpo cuando estaba con el mío. Pero esto era demasiado terrible para decirlo. Y él entró. Traspasó el umbral de aquella puerta rompiéndome el sueño, ese sueño en el que sólo yo había creído. Pero no quería verlo, no quería ver que él ya no estaba allí conmigo, sino dentro.

La puerta se quedó entreabierta, pero él ya estaba allí, y lo vi. Recorrió todo la estancia como si estuviera en un jardín, y Lucía estaba en la cama, dormida y soñando, o despierta y esperando a que él se uniera a ella, a que él se acostara a su lado y dejara de contemplarla y adorarla como a una diosa. Que se arrimara con ella sobre esas sábanas tibias y rozara su cuerpo, como antes lo había hecho con el mío.

No lo sé. Pero sus ojos estaban cerrados y él la miraba, ¡cómo odio aquella mirada! A mí nunca me miró así. Aquella mirada lo decía todo. Y se puso en cuclillas frente a la cama, frente a ella, frente a su rostro sereno y adormecido. La adoraba, era su reina, su divinidad, su mito oculto. Nunca lo dijo y lo dijo siempre, con los ojos, con los gestos, con aquellas sonrisas con que la halagaba cada vez que ella estaba presente. Parecía que bebía de sus resuellos, que aquel cuerpo dormido despertaba en él las más enardecidas pasiones. Le vi sonreír. Él sonreía mirándola como un idiota. Como si nunca la hubiera visto, como si se le hubiese aparecido un santo; embobado, abstraído. Al ritmo de su respiración él la seguía, como una serpiente hechizada por la música de una flauta. Así la seguía a ella hasta sus sueños. ¡Cuánto la odié por eso! Por robármelo dormida, por robármelo sin saberlo.
Yo también la miraba dormir, quería ser capaz de descubrir qué es lo que él buscaba, adónde lo llevaba ella, adónde, que yo no podía llevarlo. Adónde llegaron juntos aquella noche que hizo el amor conmigo, pero prefirió velarla a ella, arrodillado a los pies de su cama.

¿Qué tenía ella? ¿Por qué era para él tan importante? ¿Por qué se sentía en su habitación como un niño en un jardín? ¿Por qué no fui yo capaz de arrancarle esos suspiros, esas sonrisas? ¿Por qué ella, y yo no?

Ella comenzó a moverse; en efecto, estaba dormida, soñaba. Porque en su sueño suspiraba y gemía. Pero no gemía de tristeza ni dolor. Era un gemido de deseo, de placer profundo. Y él seguía mirándola en éxtasis. Ella reía dormida y gemía como gimen las hembras en los brazos del macho; gemía de gusto, de gozo verdadero. Y él estaba gozando con ella, él gozaba con su gozo, como si hubiese entrado en sus sueños y le estuviera haciendo el amor. Él no se movía, estaba sumido en el sueño de Lucía, había entrado en ella plenamente, lo hizo desde el momento en que la vio; y su gozo ya no era más mudo estupor, era perfecto. Porque gozaba con ella, sin que ella pudiera saberlo. Gozaba intensamente, como gozó Psique de los placeres de Eros. Gozaban los dos.

Ella rió, gimió, pidió más y él, más le dio. Le dio todo. Todo lo que me daba a mí. E incluso más. Quería dárselo todo, todo lo que ella le pedía. Todo. Quería tenerla, tenerla como me tenía a mí. Pero en lo más íntimo de ella, en su deseo, en su sueño, sin que ella lo notara.

Luego, me fui. Lloré como nunca creí que fuese capaz. Me fui de la casa. Los dejé a los dos inconscientes, el uno en el otro. Uno dando y la otra, recibiendo; uno sabiendo y la otra soñando. Y entonces, me di cuenta de que era así. Así era como yo quería ser amada, como en mis sueños más profundos. En el sueño inocente donde nada priva de todo el gozo, porque no hay límites.

Así la amó él. Y no me estaba siendo infiel. Ni siquiera la había tocado, sólo la miraba; pero sus ojos hablaban por sí solos.

A la mañana siguiente, Lucía estaba deslumbrante. No le pregunté el motivo, lo sabía de sobra. Me dijo que había tenido un hermoso sueño. Pero siempre -¡siempre, siempre!- me quedará la duda. ¿Sabía Lucía que aquel hombre que la amaba en su sueño, con locura y desenfreno, era él?








II

Lucía

Era verano, estaba cansada. Había vendido todos los globos de la feria y el sueño me llamaba. Fuimos a tomar una cerveza, para recuperar las fuerzas. “La última”, dije. Y mi amante apareció, la noche me dijo resuelta: tú no te vas tan pronto. Y no me fui. Él me miraba con ojos pícaros, la noche hablaba por su boca. “Esta noche no te vas a escapar” y yo reía, pero estaba tan cansada.
Él me llevó en una pequeña vespino que chillaba como un sapo malherido. Apenas entramos por la puerta me rodeó con sus brazos, susurraba a mi oído “quiero tenerte, quiero que seas mía” y yo me dejé llevar. Me había quitado ya la ropa; de todas maneras, sólo llevaba un vestido muy ligero, negro con flores azules claras, de lino, muy delgado. Ya estábamos en la cama, besándonos y lamiéndonos como dos cachorros hambrientos y gimiendo y jadeando en desvarío y frenesí. Sentía un ardor muy fuerte en el vientre, un espasmo y él me poseía ya. Me perdí de pronto, en medio de sus brazos, me arrolló con furia ciega aquella corriente de su delirio. Yo era como una hoja a merced del aire caprichoso y de su estruendo; su azote me llevaba de un lado a otro, y escuchaba sus susurros como desde el fondo de una cueva, acuosos, palpitantes.

No quería, pero fue imposible resistir tan fuerte embate. Era débil, lo soy aún; cuando crece la marea, cuando la luna llena brilla con su resplandor de locura.

Días más tarde, tuve un sueño. Fue un sueño extraño, uno de esos sueños de verano. Estaba sola en casa. Cansada de trabajar. Me quedé dormida tan pronto me abracé a la almohada. Escuché una campana, su alegre tintineo me hizo reír. Era la campana de un barco. Yo estaba frente al mar. Un mar azul profundo. No era de noche pero se hizo pronto. Y yo me encontraba en esa barca, creía que estaba sola. El oleaje me llevaba de un lado otro. No había timón ni remos. No había nada en esa barca. Yo buscaba, primero. Luego, no sé qué buscaba. Y una voz me dijo, no sé de dónde: “¿qué buscas? Tal vez yo pueda ayudarte”. Levanté los ojos y vi el mar, brillaba con fuerza. Pero era de noche y lo vi. Estaba de pie, junto a la proa, parecía un marinero. Me sonreía y su sonrisa era dulce y alegre y acogedora. Sabía que a su lado no me pasaría nada. Se sentó junto a mí y me miró por largo rato. Me miraba como si sus ojos fueran las olas, primero. Y después, seguía sonriendo, tomó mis manos y me miraba otra vez; no había dejado de mirarme, como si las olas fueran calmas. La marea amainó, y yo vi sus ojos; eran tibios y generosos, me sentía abrigada por ellos. No decía ni hacía nada, más que mirarme y mirarme. Y entonces, lo vi. Era yo, yo misma en sus ojos, en el fondo de sus ojos negros como el mar.

La barca se agitó, la marea volvió a subir. Ahora él me abrazaba. Todo su cuerpo me sostenía; y la marea terrible y una tormenta y un trueno, el cielo se abrió en dos partes. Estábamos desnudos, no existía nada más que el cielo, el mar y nosotros dos; entrelazados, unidos en un abrazo inextricable, en medio del océano que mecía aquella barca con furioso estremecimiento. Lo sentía, estaba dentro de mí, en mi cuerpo y en mi alma. Lo sentía como una parte de mi cuerpo. Él era parte de mí. La parte que más amo. Me amó como Eros amó a Psique en su Castillo oscuro, en su vida de tinieblas e inconsciencia. Y yo también le amaba, en mi cuerpo y en mi sueño, y en eso que está más allá de nosotros, de nuestros nombres y nuestros cuerpos. Ni siquiera sabía su nombre y su rostro era como el mío, como cualquier otro rostro, un rostro entrañable.

La marea bajó. La tormenta había cesado. El cielo estaba despejado, y yo podía ver la luz que emanaba de las estrellas, y sentí que él estaba conmigo todavía.

Cuando desperté, apenas clareaba. Abrí los ojos, aunque no deseaba abrirlos. La puerta del cuarto estaba entreabierta. Me levanté de la cama y caminé un poco aturdida, pero llena de una alegría inexplicable. Alguien había dejado en lo alto de mi mesa una nota: “¡Sueña, hermosa florecilla! Sueña que eres viento, ola altiva y tormenta. Mírate en mis ojos como en un espejo y dime tu nombre, Estrella. ¡Canta conmigo, canta esta melodía! Sueña como sueña la Aurora cuando llega Febo con su carro de oro. Quiero que sueñes. Sueña que eres mía”.



III

Alberto

La primera vez que la vi, no estaba sola. Estaba con él, su amante. Me sonrió, la hice reír, le dije alguna tontería, “¿te hacen feliz?”. “Muy feliz”, me dijo ella. Hacía calor. Yo no quería irme, pero sabía que tenía que hacerlo, él llegaría en cualquier momento. Por alguna razón yo no podía estar en el mismo lugar que él. Por alguna razón cuando ella me sonreía, yo sabía que él la hacía feliz. No podía competir con eso, pero sabía que era posible. Era posible que sus ojos risueños brillaran algún día por mí.

La segunda vez, me acerqué a ella. Ya no se acordaba de mí, o quizá sí, ya no lo sé. Él ya no estaba. Yo no lo sabía pero podía saberlo por su mirada. Ya no había nadie que la hiciera tan feliz. Sostuve la bicicleta por el mango. Había otra chica con ella. Me acerqué y las saludé a las dos, pero fue su amiga la que me sonrió. Toda la noche hablé con ella y toda la noche quería acercarme a Lucía. Pero no lo hice.

Me acerqué a hurtadillas; podía estar cerca sin que ella notara mi presencia. Era amable, generosa. Siempre sonreía aunque nadie la hiciera feliz, aunque quisiera ser feliz con alguien que no la hacía reír. Yo la hacía reír y pensar también, quería que pensara en mí. Pero ella no lo hacía, pensaba en otro, cualquiera que le prometiera bonitos sueños. Entonces, comprendí que de ese modo podía llegar hasta ella.

Yo ya estaba confundido. Me sentía como un encantador de serpientes, su amiga estaba conmigo. Era joven y dispuesta y me amaba, me amaba tanto como yo amaba a Lucía. Sólo podía estar agradecido.

Quería saltar aunque tenía la soga al cuello, quería saltar hacia ella, y quedarme a su lado. Cada vez que aparecía yo me hacía el encontradizo, yo llegaba como si nada, como si no la hubiera visto. Pero ella llegaba siempre y siempre la veía. Yo sabía estar solo, aún cuando estaba con gente, aún cuando amaba a otra. La amaba, sí. Amaba a la otra. Era hermosa, lozana, llena de vigor. Pero no era como Lucía. Lucía era como un hada, tenue y vaporosa. Pasaba en sigilo, como una nube, y brillaba como una estrella lejana sobre un océano sombrío.

Quería que ella me sintiera también. La hacía reír y la hacía pensar, porque ella también sabía escuchar, pero no podía hacerla pensar en mí. Hasta que un día, ese día tuve la idea. La sorprendería, sí. Y volvería a brillar y a sonreír cuando alguien de verdad, la hacía feliz.

Mi cuerpo estaba poseído, abordado por un genio, un genio ciego de deseo. Fui hasta su casa decidido. Pero ella no estaba. Dejé dos flores en la puerta y una nota que decía: “Tú siempre fuiste feliz”.

Regresé más tarde para verla. Y su amiga abrió la puerta. Ese genio que me habitaba se lanzó sobre ella; no miraba nada, ni cuerpos ni nombres, sólo quería amar. Y yo venía dispuesto, con el corazón en la mano, para amarla sólo a ella. A Lucía.

Después de yacer juntos, extenuados, después de desfogar el deseo ardoroso que palpitaba en nuestras entrañas, su amiga me dijo: “No hagas ruido. Lucía está dormida”. Mi corazón empezó a galopar como un potro enloquecido. Y no lo resistí más. Tuve que entrar a verla. Tenía que verla. Era necesario. Tenía que amarla de alguna forma, hacerla feliz.

Traspasar el umbral de su puerta fue un hallazgo inaudito para mí. No podía creerlo, estaba allí, en su cuarto; su refugio, su castillo. Y quería quedarme allí dentro, respirar el aroma de sus cabellos y escuchar el eco de su risa. Todo en aquella habitación desprendía su perfume, su aroma de sol, y de embeleso. Estaba tendida sobre la cama, no se había arropado con la sábana. ¡Era tan hermosa! ¡Tan inconsciente de su belleza! Mi corazón palpitaba agitado, era un trémulo capullo, tan sólo con verla. Una incontenible agitación me recorrió todo el cuerpo. Me arrodillé a su lado imaginando cuáles serían sus sueños, deseando profundamente entrar en ellos. Yo sabía que ella me necesitaba, necesitaba mis besos y mis caricias, necesitaba que mis manos hicieran destilar el perfume de su piel, que mis manos sacaran el acorde de su cuerpo. Yo sabía que ella soñaba con eso. Lo supe esa noche. Pero ella no lo sabía.

Allí me quedé, a su lado, olvidado de todo. Nada más importaba. Sólo ella. Y ella comenzó a suspirar, un suspiro profundo, plácido. Sonreía como las musas le sonríen al poeta cuando le susurran al oído. Y yo no podía dejar de mirar esa sonrisa.

Su cuerpo se estremecía, se contorneaba con suavidad entre las sábanas, delicado y confidente; serpenteaba y ronroneaba con ternura felina. No sé qué fue de mí en aquel instante. Tal vez el genio que me poseía, me abandonó y quiso entonces, cumplir el sueño, el sueño de amarla. Me quedé absorto, con la mente en blanco y ella terminó su gorgoteo en un largo suspiro.

Todavía embebido en el éxtasis de mi contemplación, tuve valor para obedecer un último impulso. Sobre su mesa, todo a mano, había papel y pluma. Y escribí, dormido o soñando despierto, palabras que ya no puedo recordar. Y lloraba como un niño indefenso.

Luego me fui corriendo, sin mirar atrás.


FIN.


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Sinopsis


En un lugar del Oliberzo (léase: Universo), conocido como la Tierra Arcana, existen tres grandes reinos: un grupo de islas cuyo trono principal se conoce como Candia, en donde vive el pueblo de los curiates. Es la raza de los centauros emparentada con las Nereidas del mar de Bara, que viven sobre sus costas septentrionales. El monarca es el sabio centauro Quirón. Sus tutores divinos son los gemelos celestes, los dióscuros Cástor y Pólux.


El segundo reino está ubicado al Este de Candia, es el continente Elber. Señoreado por los amos de la casa de los Ebres; su rey es Sabacio. Los Élberets de Elber son la raza más pacífica y hermosa de la tierra. Rinden tributo a Dionisio, el infante díscolo, dios de la vid. Al Sur de este gran reino existe un bosque Sagrado llamado Feronia, allí habita un anciano chamán, conocido como Túbal.


El tercer gran reino de Arcana es Galacia, conocida como la Isla Blanca por la luz que aún brilla sobre sus montañas desde el alumbramiento de la divina Isis. Su soberana es la emperatriz Olibana, hija semidivina de la diosa; y su consorte es el Rey Atlante Pelayo, navegante explorador de los océanos siderales. Galacia es la tierra más próspera de toda Arcana. Los gálatas tienen un poderoso vínculo con los dioses, pues Isis es la primogénita de la diosa madre, Balá-Balám.


Al Norte de los tres reinos, existe un gran reino unificado llamado Arania. Continente dividido en doce reinos gobernados por doce reyes magos. El sultán de Arania, Bébrix, sustentador de los más grandes poderes de magia conocidos, ha sido raptado por un maligno hechicero conocido con el nombre de Hipérbulo. El oráculo de Arania ha lanzado tres profecías que revelan la amenaza de Hipérbulo con la destrucción de los Tres Reinos.


Con el fin de detenerlo los reyes de Arania se reúnen en Asamblea; sus oráculos y sus tutores divinos les requieren encontrar al más versado navegante del Oliberzo, Atlante. Él ha de viajar hasta el lejano país de Amenti, donde habita la Gran Madre, Balá-Balám. Ha de encontrar al animal llamado Unicornio; que de acuerdo con las profecías, es la única solución para encontrar el paradero del Sultán secuestrado.

Heráclio, Segundo mago en sucesión de poderes, realiza el viaje hasta Galacia para solicitar los servicios del rey argonauta. Atlante accede a acompañarlo. Pide la ayuda de su amigo el sabio centauro Quirón, para realizar el arriesgado viaje. Durante aquel largo viaje, comienzan a presentarse en Candia los primeros síntomas de las profecías malditas arrojadas por el oráculo de Arania. Los curiates, en ausencia de su monarca, se vuelven hostiles; descuidan sus labores, y la isla pronto se convierte en un caos. Las nereidas viajan por los mares de Bara pidiendo ayuda a los otros reinos. El mensaje llega hasta las costas de Elber, donde el divino Oanes está de paso visitando la corte de Sabacio. El dios escucha los lamentos de las sirenas y se apresta a viajar hacia Candia. Una vez allí, Oanes pone en práctica su habilidad y rescata a Candia de su desgracia. Agradecidos, los curiates lo nombran rey y Quirón queda destronado.


Mientras esto sucede en Candia, los hijos de Quirón envían hacia Galacia a tres pupilos del rey ausente: Caristio y los centauros Cornelius y Febe, que llegan a la Isla Blanca solicitando ayuda de la emperatriz. Olibana los acoge y los insta a permanecer en la Isla; pues más adelante, prestarán a la misión de Atlante una importante ayuda. Se anuncia la llegada de un Avisador de Amenti. Llegan noticias: la embarcación de Atlante ha sufrido un contratiempo que detiene su avance. El avisador esperado llega como el alado Pegaso; trae tres objetos que han de ser llevados hasta la embarcación de Atlante para ayudarle a superar su percance.


El elegido para tal empresa es Heber, padre de Atlante. Pero una nueva embarcación, diestra en largas travesías, es requerida para ello. Buscan la ayuda de Crisauro, anciano bucanero curiate. Pegaso y Heber viajan hasta Candia y solicitan a Oanes el servicio de Crisauro. Viajan hacia el centro del Oliberzo donde se halla Atlante encallado.

Olibana recibe de su madre divina la noticia de que el barco en el que viaja Heber con los objetos para rescatar a Atlante, está a punto de traspasar los límites del Oliberzo y no llevan tutor divino. Sin él no podrán contactar con Atlante y darle los objetos para cumplir su misión. Deben encontrar lo antes posible, entre los dioses, a uno que esté libre para viajar hacia la embarcación de Crisauro y ponerse en contacto con la nave de Atlante. Los dióscuros están con Quirón en la embarcación de Atlante; la divina Isis debe permanecer en Galacia para proteger a los gálatas de la tercera profecía. Sólo queda Dionisio. Caristio es comisionado junto a sus compañeros centauros, Cornelius y Febe, para realizar un largo viaje hasta el Bosque Sagrado de Feronia.

Los tres curiates viajan hacia el continente Elber. Llegan al Bosque Sagrado de Feronia donde vive el chamán Túbal; después de pasar algunas dificultades para encontrarlo. Su encuentro con las Amazonas, que salvan a Caristio de ser devorado por un oso; las bromas que los duendes les gastan para burlarse de ellos. Finalmente, encuentran a las Hespérides: magníficas criaturas, pupilas del sabio chamán, que los conducen hasta Túbal para pedir el auxilio de Dionisio. Éste entra en la nave de Crisauro, con muchas dificultades en el sueño de un animal que viaja a bordo de la nave.


Heber recibe el aviso de la diosa Isis a través del sueño. Ésta le advierte que viajan en compañía de un tutor divino, el díscolo Dionisio, en la forma de un animal. Heber realiza una pesquisa entre la tripulación para encontrarlo. Pero resulta que casi todos son animales; pues la tripulación del barco de Crisauro es llevada por los hijos de Oanes, los Caballos del Sol. Al final, encuentran al animal que resulta ser un gato, y finalmente, logran llegar junto a la nave de Atlante.


Con la ayuda de Dionisio y los dióscuros, Quirón deduce cuál de los tres objetos enviados por la Gran Madre; a saber, el Ouróburos, la Égida y el Arcoiris de Pegaso, ha de lanzar el primero. Al lanzar el Ouróburos sobre las aguas tumultuosas la nave de Atlante es liberada del remolino y regresa al Tiempo Original. El gálata puede continuar su viaje. Pero esta vez lo hará solo. Quirón, al conocer la noticia de su destronamiento, decide regresar a Candia; pues sus dióscuros le advierten que las profecías están a punto de cumplirse.

Quirón y sus dióscuros han regresado a Candia. El sabio centauro sostiene una secreta conversación con el divino Oanes; quien permanece en el trono, mientras Quirón se marcha al desierto. Las malévolas acciones de Hipérbulo no terminan aún. Envía hacia Candia toda clase de calamidades: maremotos, terremotos y lluvias negras que arrasan con el pueblo, los curiates se ven obligados a exilarse hacia el desierto. Una vez allí, a pesar de los esfuerzos de Oanes por mantenerlos unidos, las tribus se separan y se pierden. La segunda profecía está a punto de cumplirse. Elber es arrasado por siete pestes que acaban con casi toda la población de Élberets hermosos. Por esos días ha nacido el primogénito de Sabacio, y el Ebre no sabe qué más hacer para salvar a su pueblo de la desgracia. Perecen casi todos, sin remedio.

Entretanto, Atlante está atravesando la Noche infinita del Oliberzo. Es entonces, cuando una voz celestial lo sacude y lo ayuda a continuar su camino; pues corría el grave riesgo de quedarse dormido en sus ensoñaciones. Atlante usa el Arcoiris de Pegaso y traspasa la noche infinita. Llega victorioso a Amenti, pero todavía le queda un objeto. En su ascenso a Amenti, el rey gálata debe usarlo para superar el último obstáculo que acecha al intrépido que osa entrar en el vergel bendito.

Al entrar en el paraíso Atlante se encuentra con Agdistis; ésta le ofrece los frutos de su árbol; Atlante los rechaza. Luego, aparece el cuerno de la cabra Amaltea, lleno de toda clase de tesoros. Atlante los rechaza una vez más, no olvida su misión: viene en busca del Unicornio, para salvar a la Tierra Arcana del malévolo hechicero Hipérbulo. Entonces, tiene un encuentro con un caballo celeste. Al principio no lo reconoce, cree que puede ser uno de los hijos de Oanes, o el caballo alado Pegaso. El Unicornio se presenta ante Atlante. Gracias a su valor y desprendimiento, el Unicornio decide acompañarlo hasta la Tierra Arcana, para liberar a Bébrix y a todos los seres, de las profecías malignas del brujo del Tártaro.


La tercera profecía está por cumplirse. Hipérbulo ataca Galacia, intentando apagar el fuego de la pira sagrada que sostiene a Isis en el púlpito celestial. Pero los gálatas resisten la embestida por más de trescientos años, el tiempo que le toma a Atlante regresar a la Tierra Arcana. Hipérbulo, a sabiendas que ninguno de sus esfuerzos será suficiente para vencer a los gálatas, recurre al engaño; los gálatas quedan a merced del poder de Hipérbulo. Un titán sopla sobre el fuego espiritual y la diosa Isis abandona Galacia; la isla queda cubierta por las penumbras, y sus pobladores convertidos en piedras.

Atlante ha regresado a Galacia y ve que es demasiado tarde. Pero el Unicornio lo lleva a Elber, hacia el Bosque Sagrado; el único lugar intocable para el poder oscuro. Allí Atlante, sin saberlo, encuentra al último de los Élberets, en la cueva del chamán Túbal. Y de nuevo, el Unicornio envía a Atlante con el niño hacia la isla de Candia, en el desierto de Albara. En las puertas de Ofir Atlante se encuentra con Oanes. El rastro de un cometa rojo ha anunciado su llegada. Juntos viajan por el desierto y van encontrando algunas de las tribus perdidas de los hijos de Oanes.

Llegan finalmente, hasta el pie de una montaña de piedra. El niño se pierde y mientras lo buscan, Atlante y Oanes encuentran una cueva dentro de la montaña. Oanes tiene un extraño presentimiento. Le cuenta a Atlante la historia del Dragón dorado. Aparece Quirón. El rey centauro ha construido aquella cueva con la forma del dragón conocido como Borbónibur. Encuentran al niño que dormía dentro de la cueva, bajo el cuidado del sabio centauro y movilizan a los curiates al interior de la montaña; la luna llena anuncia el advenimiento del dragón.

Caria, la hija de Quirón ha tenido una hija. La amamanta bajo el sereno cuando llegan algunas de las tribus perdidas, justo en el momento en que la montaña, en la forma del dragón, se despierta. En medio de la confusión, el pequeño Nembrod le advierte a Atlante que Caria, Arión y su hija han quedado afuera. Borbónibur ataca a los curiates rezagados. En el ataque muere el primogénito de Oanes. El Unicornio reaparece para pelear contra el dragón y lo domina. El dragón duerme por largas horas mientras los curiates entierran a sus muertos.

Los curiates han de entrar en Ofir; el mago oscuro está allí con sus titanes. Atlante debe enfrentarlo y llevar al niño hasta las habitaciones reales. El niño corre peligro. Los hijos de Oanes comandan las tropas de curiates que entran en Candia dentro del dragón dorado; comienza la guerra contra Hipérbulo. Los curiates están ganando terreno. Atlante encuentra a Hipérbulo y logra someterlo. Pero en el último momento, el brujo escapa. Atlante ha fracasado. Hipérbulo rapta al niño y se lleva al Unicornio con él.

Llega a Candia una embajada desde Arania; tres grandes magos para proponer a los aliados una nueva estrategia para vencer al brujo del Tártaro. Oanes preside una singular ceremonia en la cual, Tres Elegidos realizarán un viaje único: Atlante, el Mago Heráclio de Arania y el centauro Quirón entran en los sueños del brujo, que viaja apaciblemente en su nave en dirección a Arania.

Durante ese viaje singular, los tres hombres descubren la verdadera naturaleza del mago oscuro. Pero Atlante hace lo único que está prohibido hacer durante el viaje, interviene en los sueños del mago y la historia da un nuevo giro.


Todo cambia. En su desconcierto, Atlante clama al Unicornio, que aparece y le muestra Atlante todo lo que ha pasado, a partir de ese momento. Atlante regresa a Galacia, hay luz de nuevo; pero él no sabe por qué. Ve a Olibana, pero ella no puede verlo. Entonces, El Unicornio le ofrece a Atlante una última opción: le otorga mil años de un sueño. Pero le hace una advertencia definitiva: “...después de este día, que durará mil años, no habrá marcha atrás”. Una arriesgada aventura que llevará a Atlante hacia un inesperado desenlace.




NOVELA FANTÁSTICA

Desde el año 1998 aproximadamente, a mediados del mes de Mayo, durante una visita de mi sobrino Christofer a casa, surgió la idea de escribir esta historia. Me había nutrido a lo largo de varios años de la literatura fantástica y épica de J.R.R Tolkien, de cuya fuente bebí con gran placer. Los cuentos de Edgar Allan Poe y sobretodo, los relatos míticos de Homero, La Ilíada y la Odisea. También habían llegado a mis manos libros curiosos, acerca de la genealogía de algunos nombres míticos en Europa y Asia.
El germen de la historia era una idea fantástica, en la acepción más fiel de la palabra, y estaba cimentado en el título de un cuento corto que escribí hace muchos años. Ese cuento se llamaba “La Vuelta del Mago”; y ésa era la idea principal de esta historia, ricamente nutrida con todos los elementos de la mitología frugal de mis autores preferidos.
Con esa premisa en mente comencé a escribir algunas notas. Quería estructurar mi relato, crear un universo, y quería que la historia transcurriera a lo largo de un tiempo bien definifo. Tomé prestados personajes del bagaje mitológico clásico, pero quise dotarlos de una nueva piel; quería que los seres fantásticos que aparecieran en la nueva historia le dieran un carácter épico, un sentido trascendental, como vasos comunicantes de la narración.
Fueron muchos años de trabajo, que aún hoy siguen siendo parte de mi labor como escritora. La Verdadera Historia de Atlante se convirtió pues, en el retrato de una nueva Leyenda, el testimonio de las hazañas de un héroe y la aproximación a un mundo nuevo, donde las leyes y los seres actuaban de acuerdo a coordenadas míticas y heroicas.
No fue fácil para mí encontrar el verdadero tono de este relato, porque la vida de sus personajes se iba desenvolviendo cada día de formas insospechadas. A través de ellos y sus conexiones, yo iba descubriendo ese mundo, más que creándolo.
Fueron varias etapas de germinación, evolución, clímax, receso. Períodos de recapitulación y revisión intensos; búsqueda de ecos e interacciones; pero sobretodo, de revelaciones. Cuando el trabajo quedó terminado de forma definitiva, aún me reencontraba con los personajes, aún prevalecía el diálogo con la historia y con los protagonistas. Aquella historia abrió camino a otra y otras. Sin darme cuenta volví a escribir. Un nuevo mundo había nacido y había mucho que contar acerca de él.
La segunda parte de la trilogía que tenía en mente se abrió paso entre las teclas, clamaba por salir, por hacerse fuerza evidente entre las letras. Era la historia de la generación venidera, de la nueva esperanza a un mundo que resurgía de sus cenizas, como el Ave Fénix. El Rey de los Ebres me llevó quizá menos tiempo para traducirlo desde el universo de lo simbólico a la narración literal. Porque ya el ambiente estaba estructurado, reconstruido de su pasado; los antecedentes estaban claros, era una marcha hacia delante. Una historia más amplia, pero no más compleja, sólo mejor conocida. Un año o dos me llevó escribirla, y está allí, pasando su etapa de reposo. Pero segura de haber traspasado el escaño más difícil, el de la interpretación.
Al principio, comenté que se trataba de una trilogía. La idea, a medida que la historia crecía se convirtió en eso, en un compendio antológico. Pero esa tercera parte aún no llega. Flota en medio de lo mitológico, en un pasado tan remoto que serán necesarios varios años y los más sofisticados conocimientos de arqueología literaria para escarbar y hacer el hallazgo.

La siguiente sinopsis revela la trama y la esencia de ese universo descubierto en las profundidades del Inconsciente. La acompañan algunas anécdotas que afloraron a lo largo del proceso de trabajo.
Se las dejo con mi más sincero deseo de que esta historia les embarque en una aventura inolvidable.
Ver el book trailer en youtube: